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LA MONUMENTAL BATALLA DEL SOL Y LA SOMBRA


Tendido de sol de la plaza de toros de PAmplona.

Me viene a la memoria la batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma que inmortalizara el Arcipreste de Hita hace casi seiscientos años, cuando trató de f¦jar el ambiente que respiramos durante las fiestas de San Fermín los que con medio corazon navarro nos acercamos por las calendas julianas hasta la plaza pamplonica.

El sociólogo Mario Gabiria definió hace años las características de los escenarios de la fiesta. Si la fiesta del santo moreno tiene puntos físicos de indudable sabor, el mundo de la feria del toro también tiene escenarios que por su singularidad y fama han sobrepasado nuestras fronteras, y son ya símbolos universales, como el barrio de Pigalle en París o la Quinta Avenida en Nueva York.

El planeta taurino en Sanfermines tiene espacios en la geografía de la ciudad que son de obligada visita por parte de propios y foráneos. Los corrales del Gas, el recorrido del encierro por las calles de la vetusta Pamplona, la plaza de toros, son referencias para soñar con las fiestas de julio en las noches eternas del invierno, recordando lo que fue o lo que pudo haber sido y se esfumó en el fragor festivo.

Hace tres largas décadas me asomé por vez primera a las gradas y tendidos de la Monumental para presenciar mi primer encierro. Recuerdo que me pareció un inmenso embudo pétreo capaz de tragarse el poderoso cielo azul que cubría el recinto. Y la impresión de la mañana quedó superada por el ambiente de la corrida de toros. A pesar de haber estado más de ciento cincuenta tardes presenciando el espectáculo incomparable de un festejo de toros en Pamplona, aún mantengo viva mi primera impresión que no ha hecho sino confirmarse a lo largo del tiempo.

La sombra y el sol interpretan tarde tras tarde una dialéctica incruenta a lo largo de dos horas. Dialéctica festiva, creativa, molesta, epicúrea, chabacana, gloriosa y única. Semejante comportamiento de casi veinte mil personas es sólo explicable y practicable en la plaza de toros de la ciudad del Arga.

Batalla entre el sol y la sombra, entre la solana proletaria y la sombra aburguesada que escribiría un filósofo demodé. Es el combate inquieto entre la pujanza vital de la juventud y la placidez añosa de los que sentamos nuestras posaderas a la sombra y ya peinamos canas. Y todo ello cuando en el ruedo se desarrolla el mito de la danza y la muerte. La bestia y el torero, solos en al albero, rodeados por una tormenta de música, ruidos, jolgorio y jarana, que enmudece al surgir el riesgo de la cornada, el embrujo de la muñeca que manda o el salto bailarín del banderillero que se asoma al balcón de la cornada. El diminuto hombrecillo vestido de luces tiene que superar la marea del miedo y el acantilado de sol que atruena y ruge como embravecido mar de sudor, alcohol y calor.

Respeto a los venerables puristas de la fiesta que quisieran asistir a una corrida de toros como si de función litúrgica de altos vuelos se tratara. Me molesta el absentismo del sol cuando alguien en el ruedo se encara con la bestia corrupia en busca del triunfo. Me encorajina el comportamiento insolidario de los que fuerzan minutos extras de los areneros. Me violento cuando al riesgo de la sangre se le oculta con el rugir de los metales y la obsesión de los tambores. El espectáculo actual de la Monumental pamplonica con un sol y una sombra en diferente sintonía, sólo unida al grito de San Fermín, San Fermín (Miguel, ¡qué pronto te hemos olvidado!) o al poderoso olé de un capote de cartel o a una estocada certera, es una radiografía clara de un pueblo entregado a la vida y a la fiesta.

Es la singularidad de nuestra plaza de toros. Es el timbre de diferencia de un público variopinto que sabe que una tarde de toros en la vieja Iruña es algo que todo mortal debiera hacer por lo menos una vez en la vida, para sentir el calor de un pueblo en fiestas, abierto al mundo de las sensaciones e impresiones que recordará siempre. Fanfarrias preñadas de metal y cuero, cuerpos de mozos y mozas prestos al baile espontáneo, abrasados por el astro solar, pozales ebrios de caldos heterodoxos capaces de perforar el duodeno de Polifemo, son parte del ejército de sol, que en tendidos y gradas pulsa tarde a tarde el ánimo de la sombra, más endomingada, refinada en condimentos culinarios y líquidos gratificantes. Así se establece una comunicación subversiva, creativa y provocadora, contenida por el generoso capote de San Fermín. Un torneo en rojo y blanco, en ayer y hoy.

De esta forma transcurre la fiesta en Pamplona. Llena de matices únicos, de emociones inigualables, cargada de tormentas que acaban diluidas en el amasijo humano de una fiesta que impone sus reglas no escritas a lo largo del tiempo. Los gritos y el vocerío, las músicas bullangueras y los pasodobles inaudibles de la Pamplonesa hacen del coso una mezcla de circo, ágora y teatro donde manda el toro y su circunstancia. Así me lo parece, o al menos, así lo siento.

José Ramón Díez Unzueta - Director de Radio Vitoria -EITB.


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